LS 15. Un desafío hermoso, profundamente humano

15. Espero que esta Carta encíclica, que se agrega al Magisterio social de la Iglesia, nos ayude a reconocer la grandeza, la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta. En primer lugar, haré un breve recorrido por distintos aspectos de la actual crisis ecológica, con el fin de asumir los mejores frutos de la investigación científica actualmente disponible, dejarnos interpelar por ella en profundidad y dar una base concreta al itinerario ético y espiritual como se indica a continuación. A partir de esa mirada, retomaré algunas razones que se desprenden de la tradición judío-cristiana, a fin de procurar una mayor coherencia en nuestro compromiso con el ambiente. Luego intentaré llegar a las raíces de la actual situación, de manera que no miremos sólo los síntomas sino también las causas más profundas. Así podremos proponer una ecología que, entre sus distintas dimensiones, incorpore el lugar peculiar del ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea. A la luz de esa reflexión quisiera avanzar en algunas líneas amplias de diálogo y de acción que involucren tanto a cada uno de nosotros como a la política internacional. Finalmente, puesto que estoy convencido de que todo cambio necesita motivaciones y un camino educativo, propondré algunas líneas de maduración humana inspiradas en el tesoro de la experiencia espiritual cristiana.

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El papa nos plantea un gran desafío: grande en tamaño, pero grande también en responsabilidad y en consecuencias, dada la importancia del problema al que debemos hacer frentes. Un desafío que es, también, urgente, porque se multiplican los síntomas del deterioro medioambiental. Pero sobre todo se trata de un desafío hermoso: porque debe hacer salir de nosotros mismos lo que realmente somos, lo que realmente “pintamos” en este mundo y la forma en que estamos relacionados con todo lo que nos rodea. Se trata, pues, de un desafío con gran calado antropológico, que, si sabemos enfrentar adecuadamente, nos ayudará a conocernos más a nosotros mismos, a aceptarnos en lo que realmente somos y a comprender nuestro lugar en el mundo.

Desafío hermoso, sí, pero… ¿estamos dispuestos a ello? ¿O nos parece más interesante seguir perdidos en la espiral de consumo en que hemos convertido nuestra vida?

 

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Entrevista a José Eizaguirre en ECOJESUIT

A raíz de la presentación de su libro “Todo confluye. Espíritu y espiritualidad en los movimientos altermundistas”.Ecojesuit entrevista Eiza

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LS 13. Tarea de todos

13. El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar. El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común. Deseo reconocer, alentar y dar las gracias a todos los que, en los más variados sectores de la actividad humana, están trabajando para garantizar la protección de la casa que compartimos. Merecen una gratitud especial quienes luchan con vigor para resolver las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más pobres del mundo. Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos.

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Es tarea de todos. Todos deberíamos ponernos manos a la obra, porque nos afecta a todos, pero también porque hace falta el esfuerzo de cada uno.

Y no hay que empezar de cero. Muchos ya nos preceden, tanto en el cuidado de la casa común como en el especial empeño en aliviar las repercusiones de la degradación ambiental sobre los más pobres y los que más sufren. Si en el primer caso no hemos sido precisamente los cristianos los que hemos liderado la avanzadilla, en el segundo sí que hay muchos hermanos nuestros comprometidos hasta la médula en aliviar la pobreza, el hambre y la necesidad derivadas no sólo del deterioro del medio ambiente natural, sino también el medio ambiente social, que también incluye el papa en su visión de la ecología integral.

Hace falta el esfuerzo de todos, sí. Pero todos y cada uno debemos estar agradecidos profundamente de los que ya, desde hace décadas, vienen liderando estas luchas. Ahí estaban cuando ni siquiera atisbábamos lo importante y necesario que era. ¡¡¡GRACIAS!!!

 

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LS 12. El mundo, un misterio por contemplar

12. Por otra parte, san Francisco, fiel a la Escritura, nos propone reconocer la naturaleza como un espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad: «A través de la grandeza y de la belleza de las criaturas, se conoce por analogía al autor» (Sb 13,5), y «su eterna potencia y divinidad se hacen visibles para la inteligencia a través de sus obras desde la creación del mundo» (Rm 1,20). Por eso, él pedía que en el convento siempre se dejara una parte del huerto sin cultivar, para que crecieran las hierbas silvestres, de manera que quienes las admiraran pudieran elevar su pensamiento a Dios, autor de tanta belleza. El mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza.

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No hay que irse muy lejos. En cualquier esquina, el mundo se nos presenta magnífico, sobrecogedor, abundante. Algo misterioso brota de él: sólo hay que tener ojos para verlo, oídos para escucharlo y sensibilidad para sentirlo. Y Francisco, el de Asís, los tuvo, e hizo de ello fuente para su fe y para su vida.

Frente a la mentalidad analítica, que separa y divide para conocer mejor, nos hace falta una percepción sintética, de sentido, de universo. ¿Somos capaces de intuir lo que el mundo es, o más bien hemos de darnos cuenta de que, como realidad, nos supera, por mucho que intentemos conocerla y dominarla?

Se puede ser científico y religioso a la vez. Basta con seguir asombrándose de lo que uno  descubre día a día. Y la vida, la naturaleza, es un descubrimiento continuo si uno se asombra continuamente ante ella.

 

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LS 11. Mirada de asombro a la realidad

11. Su testimonio [de san Francisco de Asís] nos muestra también que una ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano. Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas. Él entraba en comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las flores «invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón». Su reacción era mucho más que una valoración intelectual o un cálculo económico, porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, «lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas».

Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento. Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio.

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Se desgrana ahora una de las actitudes básicas del testigo, que san Francisco de Asís encarna a la perfección: la capacidad de asombro, estupor y maravilla ante todo lo creado, el sentimiento de fraternidad ante todo lo que nos rodea. Supone, de alguna manera, una mirada “religiosa” a la realidad, consciente de la totalidad que nos transciende y que se manifiesta en cada una de las criaturas de la naturaleza. De ahí que san Francisco no sólo quedara maravillado con el sol, la luna, los pájaros, sino que incluso entrara en comunicación con ellos y, a través de ellos, con el mismo Creador. Se encuentra así con la esencia de lo humano: realidad integrada en la Naturaleza, porque es parte de ella, pero consciente de que la propia Naturaleza es un don que le supera. Es difícil así caer en una relación de utilización y explotación de la realidad, que quizás debería ser reconducida a una relación de ordeño cuidadoso de lo que la realidad nos brinda.

¿Cuál es nuestra mirada hacia la realidad que nos rodea? ¿Hacia la Naturaleza? ¿Cuál nuestra mirada a las personas que nos rodean: a nuestra familia, a nuestra comunidad? ¿No hay algo de sagrado en todo ello?

 

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LS 10. El valor del testigo

10. No quiero desarrollar esta encíclica sin acudir a un modelo bello que puede motivarnos. Tomé su nombre como guía y como inspiración en el momento de mi elección como Obispo de Roma. Creo que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología, amado también por muchos que no son cristianos. Él manifestó una atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Amaba y era amado por su alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior.

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Ya se ha indicado en los párrafos precedentes que estamos ante una situación personal que requiere también de una conversión profunda a nivel también personal. Por eso es totalmente oportuno que ahora el papa ponga la vista en un modelo personal de excelencia en este campo, que además inspiró la selección de su nombre como papa: san Francisco de Asís. Él es el prototipo, al menos en la esfera católica, de conversión personal a la ecología profunda e integral, a la ecología que cuida el medio ambiente y a la vez acoge y cuida al pobre y desamparado.

Tenemos información suficiente, y no desconocemos el problema ecológico y social que constituye una de las crisis más graves de nuestra existencia sobre la Tierra. Pero necesitamos modelos personales que, desde su propia integración personal y desde su relación limpia consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios, nos sirvan de ejemplo y estímulo en nuestro camino. Y, a la vez, necesitamos ser, humildemente y desde la pobreza de nuestra conversión, testigos de ese cambio propuesto para facilitar a los demás su propio cambio.

No se trata de esperar a que todos cambiemos y todos consigamos avanzar en la dirección deseada. Se trata de asumir la responsabilidad personal en el cambio y desde ahí conseguir el que más a mano tenemos: nuestro propio cambio. Eso nos podrá convertir en humildes testigos que, quizás, consigan animar a otros. Quizás ésta pueda ser una buena re-lectura de una de las frases atribuidas al santo de Asís:

Empieza por hacer lo necesario,
luego haz lo posible
y de pronto estarás logrando lo imposible

 

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